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El islam y su manía sexual POR ALBERTO SOTILLO En Irán, si una mujer intenta saludar a un hombre estrechándole la mano, se quedará con el brazo colgando en el vacío. En El Cairo, si una europea viaja en el metro, ya puede cargarse de paciencia frente a los moscones que se le arrimen como pulpos salidos. En Arabia Saudí, si topa con un beato wahabí, nuestra europea puede pasar por la impar experiencia de ser tratada como la mujer invisible por quien desea evitar la tentación de una mujer que no esconde el rostro. Y en todo el islam, escucharemos que la mujer debe vestir con recato para velar por el autocontrol del varón. Muchas musulmanas incluso os dirán que se sienten más libres tras el velo, porque así serán tratadas como personas y no como oscuros objetos del deseo. El varón puede vestir con bermudas, enseñar los pelos de las piernas y enfundarse en una camiseta rotosa, que ella siempre ha de estar de punta en negro. Creo que es contraproducente buscar camorra con el islam por el uso del velo. Que no todo el mundo vive en nuestra era. Que para entender ciertos lugares hay que viajar en el tiempo. Lo que no me impide creer también que muchos musulmanes tienen un problema con el sexo. En la Bagdad de Harum al Raschid, la de las Mil y una noches, no tenían ese problema. Así que el problema no tiene nada que ver con el Corán. Pero tanto salido y tanta obsesión con el autocontrol no es normal. He aprendido mucho del sentido de la hospitalidad y del honor de mis amigos musulmanes. Pero confieso que, cuando vivía en algunos de sus países, nada me agobiaba tanto como el recelo y los siete mantos en los que esconden a sus mujeres. Costumbre que ofrece un curioso contraste con el despendole que les suscita la inocente presencia de una europea que enseñe el ombligo. Les tengo cariño. Pero, cuando volvía a España, y veía a la primera chica en minifalda, me decía: «Al fin, la libertad». Tal vez en Europa la libertad vino también de la mano de los desnudos de Tiziano, de los ilustrados libertinos y de la minifalda de los sesenta. Quizás esa libertad nos ayudó a mantener el autocontrol y a no estar tan salidos como algunos viajeros del metro de El Cairo.
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